FICHAS ATRIUM
PAISAJE REALISTA EN LA COLECCIÓN
BELLVER La pintura de paisaje, valorado como género gracias al ideario
romántico, evolucionó desde el último tercio del XIX hacia la nueva plástica
realista. Se trata de un paisaje directo del natural, realizado au plein air,
“al aire libre”; y que, al perder cualquier énfasis argumental, tiende a la
objetividad. Su origen está en Francia, en los artistas que conformaron la
llamada Escuela de Barbizón, donde observaron los efectos lumínicos y
atmosféricos en sus más variadas manifestaciones. En España, los asuntos se
centraron en el mundo rural, la montaña y la marina. En el paisajismo español
sobresalen Carlos de Haes, en Madrid, y Ramón Martí Alsina, en Cataluña. En lo
que concierne a Sevilla, en 1872 los artistas se asociaron para crear la
Academia Libre de Bellas Artes, centrada en el cultivo de ejercicios sobre
modelos del natural realizados al aire libre. En 1873 se inauguró una línea de
ferrocarril que comunicaba la capital con Alcalá de Guadaíra y poco más tarde
se funda en el Ateneo la Sociedad de Excursiones, que organiza salidas a
distintos pueblos de la provincia. Al amparo de estas iniciativas un grupo de
pintores encabezados por Sánchez Perrier se reúnen en Alcalá para pintar
paisajes, creando la escuela del mismo nombre. Los paisajistas incluidos en la
donación Bellver, todos andaluces, no fueron ajenos a lo anterior. El sevillano
Antonio Cortés Aguilar, hermano del pintor romántico Andrés, realizó en Francia
su Troupeau, “Rebaño”, donde se advierten conceptos estilísticos de la Escuela
de Barbizón, pues no en vano fue discípulo de Troyon, uno de sus integrantes.
También allí José Jiménez Aranda pintó su acuarela Promenade, “Paseo”, donde
con gran habilidad captó lo efectos de la luz solar filtrada a través del ramaje
arbóreo (fig. 1). El mejor paisajista de la escuela realista sevillana, Sánchez
Perrier, asimiló en Paris la obra de Corot y del resto del grupo de Barbizón.
Los motivos fluviales son sus preferidos: cauces o recodos de solitarios ríos
con riberas pobladas de espesa vegetación y árboles de finos troncos, en cuyas
plácidas aguas incide la luz ambiental interpretada con sentido lírico y
melancólico. No es de extrañar que, al regresar, hallara las condiciones
apropiadas para su sensibilidad en el entorno de Alcalá de Guadaira. Su visión
serena, apacible e íntima de la naturaleza se puede admirar en obras como
Ribera del Guadalquivir (fig. 2), Ribera del Guadaira, Atardecer a las Orillas
del Guadaira (fig. 3) o Paisaje campestre. El carácter tímido, silencioso y
reservado de Manuel García Rodríguez se adaptó bien al remanso y a la pureza de
los parajes alcalareños. Este exquisito pintor hispalense proyectó su
temperamento nostálgico en sus cuidados paisajes, materializados con delicadeza
y espontaneidad. Así lo prueban La tarde, por el que obtuvo medalla de segunda
clase en la Exposición Nacional de 1890; El castillo de Alcalá de Guadaira
desde el Adufe (fig. 4) y Pinos en el camino de Alcalá de Guadaira. Las
inmediaciones del antiguo Betis a su paso por Sevilla fueron plasmados en
Ribera del Guadalquivir (fig. 5) y Orilla del Guadalquivir en Triana (1892).
Otro buen paisajista fue Pinelo Llull, que además, como promotor de
exposiciones, difundió la pintura española por América. Está representado con
varios paisajes campestres y fluviales, de los cuales, tres pueden
identificarse con la ribera (1883), los molinos de agua (fig. 6) o algún camino
serpenteante de Alcalá (1912). La influencia del ya referido Carlos de Haes,
que estuvo vinculado a Málaga, desde su infancia, se sugiere en el quehacer de
otros pintores andaluces de segundo orden. Tal es el caso del jerezano José
Franco, representado con Paisaje Campestre; o del malagueño Gómez Gil, con la
pareja formada por Paisaje fluvial y Paisaje de montaña, que ejecutaría bien
entrada la nueva centuria. En este último, sin embargo, no disimula su
conocimiento del postimpresionista Paul Cézanne. Coetáneo al anterior, el
pintor sevillano Javier de Winthuysen pintó otro lienzo homónimo cuya pincelada
denuncia su personal filiación al Impresionismo, corriente a la se que
adscribió tras su viaje a París en 1903. Respecto a las marinas, el modo
realista de concebir el paisaje propició una nueva forma de encarar las
pinturas dedicadas al mar, que puede o bien ser el protagonista principal del
cuadro o bien aparecer en segundo plano. Embarcaciones y muelles se convierten
pronto en los motivos centrales de estas obras, en detrimento de las
localidades portuarias que, al ser relegadas al fondo de la representación,
suelen desaparecer. Por tanto, a veces resulta difícil identificar la ubicación
si no es indicada por el artista, como afortunadamente sucede en los ejemplares
de esta colección. Al malagueño Enrique Florido Bernils corresponde Puerto de
Málaga. José Lafita Blanco, natural de Jerez pero formado en Sevilla, era
militar de profesión. Mientras estuvo destinado en Cádiz pintó Atraque de
veleros en el Puerto de Santa María y Barcos en la Bahía, pareja de 1883; así
como Barcas en la playa de Rota (fig. 7), lienzos interesantes por adscribirse
a una temática escasamente tratada en la historia de la escuela hispalense.
Especial mención merecen por su tratamiento dos obras de asunto marinero
realizadas por Ricardo López Cabrera, Pesca en Chipiona (fig. 8) y Lectura en
la playa de Rota. En ellas, a diferencia de los paisajes que los pintores
sevillanos realizaron en Italia, el autor se preocupa más de los valores
plásticos que de los aspectos temáticos y descriptivos. En particular, se
centra en el gusto por la captación de la luz, de sus contrastes y calidades,
no sólo en las reflectantes superficies acuáticas, sino también en los brillos,
penumbras y demás efectos lumínicos que inciden en los personajes, en su
indumentaria y en los objetos que los acompañan. Ello responde a la clara
admiración del artista por el luminismo de la pintura levantina, encabezada por
el prestigioso Sorolla. El interés de los pintores por la captación de la
movilidad del agua nos permite dar paso a las vistas urbanas de Venecia, uno de
los temas pictóricos puestos de moda por el mercado artístico internacional. El
madrileño Martín Rico fue el “vedutista” español más reconocido. Su técnica
preciosista deriva de su reconocido entusiasmo por Fortuny, a quien acompañó a
Italia en 1872, quedando impresionado por la mágica ciudad de los canales. El
malagueño Antonio Reyna Manescau se especializó en coloridas vistas venecianas,
como las que representan La dársena de san Trovaso (fig. 9) y Venecia desde
santa María del Giglio. Rafael Senet, antes de su regreso a Sevilla en 1890,
recreó El embarcadero de la plaza de san Marcos, Canal con el Campanile de
santa Fosca y La pesca en la laguna de Venecia. Aquí se custodia asimismo El
traghetto de la Salute, lienzo de hacia 1882 que fue propiedad de José Villegas
a partir de 1914














